El zombi, el pelota y el trepa se hacen fuertes en la oficina

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El zombi, el pelota y el trepa se hacen fuertes en la oficina

Mensaje  Admin el Mar Feb 28, 2012 11:44 am

Este artículo me ha parecido realmente interesante:

El zombi, el pelota y el trepa se hacen fuertes en la oficina

22.02.2012
Manuel del Pozo
17






Siempre han existido, pero ahora están desplegando
toda la sabiduría que llevan dentro. El miedo al despido les ha puesto
en alerta. Han abandonado su tradicional estado de absentismo laboral y
ahora sí están en la oficina, aunque, por supuesto, siguen sin trabajar.

Ya no tienen gripe, ni se les constipa el gato, ni se les rompe el
calentador. Ya no se arriesgan a ser despedidos por bajas laborales
continuadas o por ausentarse durante horas del trabajo.

Ahora se producen milagros como el de Santa Esperanza Aguirre y sus
2.500 curaciones milagrosas, que es el número de empleados públicos que
abandonaron su baja en enero al saber que sólo iban a cobrar la mitad de
su sueldo. Muchos de esos 2.500 funcionarios son zombis y practican el
presentismo laboral, que es cuando el empleado está presente en su
puesto de trabajo, pero ausente en sus funciones.

Los zombis acuden al trabajo faltos de motivación y haciendo más
horas para proyectar una imagen más positiva. Y menos mal que existen
Facebook y Twitter porque si no, se aburrirían como una ostra jugando
todo el día en el ordenador al juego de las bolitas de colores que caen.

Hay tres tipos de zombis, el que alarga la jornada innecesariamente
para aparentar, el que para ensalzar sus funciones tarda más tiempo en
resolver los problemas cuando lo podría hacer más rápido, y el
presentismo del empleado que se queja constantemente del volumen de
trabajo que tiene, cuando, en realidad, su productividad es muy baja.
Son los zombis quejicas que continuamente echan pestes de la empresa,
culpan de su incompetencia a todo bicho viviente y repiten
machaconamente eso de que “estoy desmotivado porque nadie aprecia mi
trabajo”.

El zombi está evolucionando con esto de la crisis y empieza a
competir con otra de las especies más abyectas de la fauna de oficina,
el pelota, también llamado lameculos, tiralevitas o correveidile. El
pelota vive gracias al ego de sus amos. Son dóciles, inofensivos,
inútiles e ineficaces, pero no deja de sorprender cómo es posible que
personas tan poco operativas tengan un lugar tan cercano y aparentemente
de confianza con el gran jefe, también denominado homo joputa en la
jerga animal.

Para ser pelota hay que estar hecho de una pasta especial. Si no es
así, ni lo intente, porque para esto no vale cualquiera. Hay que tener
talento para saber cuándo y cómo halagar, y para esquivar tareas y
funciones delicadas y expuestas. Siempre hay jefes faltos de afecto que
toman al pelota como su mascota, permiten sus arrullos y a cambio le dan
de comer y le compensan con alguna caricia de vez en cuando.

Los pelotas son egoístas, no se comprometen con el equipo, y viven
resignados a la sombra del poder pensando –ilusos– que forman parte de
él. La suerte del pelota está unida a la de su jefe y por eso una de sus
principales funciones es detectar y desactivar al siempre escurridizo
trepa, que es aquel animal (homo ascensis) que ahora se sirve de la
crisis para desgastar al jefe y conseguir su objetivo: tomar el poder.

El trepa es alguien que entra detrás de ti en una puerta giratoria y
sale primero. Esta magnífica definición es de Florián Reyes, un
directivo recientemente fallecido que escribió el esclarecedor libro ‘El
arte de trepar en la empresa... sin trabajar demasiado, por supuesto’.
El trepa utiliza todo tipo de artimañas y no le importa pisar a
cualquiera que se interponga entre él y el poder. Su gran arma es el
rumor, que transmite a través de su particular cohorte de pelotas, que
también los tiene.

El trepa necesita transmisores, esos empleados grises, resentidos y
acomodaticios que no tienen aspiraciones y que disfrutan como enanos
dispersando la mierda que les rodea y con la que se confunden. “Me han
dicho –susurra el trepa a uno de sus transmisores– que en la central de
Nueva York están muy preocupados por la marcha de nuestra empresa y al
parecer le han dado un toque al jefe”. “Pero por favor que esto quede
entre nosotros”, añade siempre. Ésta es la mejor forma de que el trepa
pueda estar seguro de que en unos pocos días lo sabrá toda la compañía.
No falla.

Lo más grave del zombi, del pelota y del trepa es que con su actitud
desmotivan al resto de empleados. Son especies difíciles de erradicar y
muchas veces, como me decía un empresario, “preferiría pagarles porque
se quedaran en casa”. Pero la crisis también en esto nos ha hecho la
puñeta y les ha hecho resurgir con mucha fuerza.
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